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Lydia

10 min

Lydia

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Antes Lydia y yo saltábamos tanto y tan alto como podíamos, con las manos levantadas, con vestidos de colores, las piernas encogidas y los zapatos gruesos que nos dejaban llevar al saltar, que se desataban y se nos caían de vez en cuando; abajo en el puerto, tras unas rejas enormes y varias señales de prohibición, donde cuatro o cinco barquitas se mecían en el agua, quizá no había más porque no era un puerto de verdad, sólo agua marrón ante una infinita explanada de cemento en la que un circo instalaba sus carromatos, sus carpas y tenderetes durante los meses de verano. Y un trampolín, un gran trampolín del que Lydia y yo saltábamos por cincuenta pfennigs.

Lydia miraba por el telescopio que había junto a una reja en la orilla del agua, hace mucho tiempo, cuando aquí todavía había grúas y barcos y naves industriales y vagones, y también miraba por otros telescopios siempre que podía, dondequiera que estuviéramos. Yo no comprendía por qué le gustaba mirar a través de un tubo oscuro que empequeñecía el mundo y sólo mostraba una parte de él, pero también es posible que no me gustara precisamente porque a ella le gustaba y, por una vez, no quisiera compartir sus aficiones, aunque sólo fuera mirar por el telescopio. No entendía qué era lo que Lydia veía, qué era lo que la gente veía. Nunca lograba identificar nada, sólo el color verde, y cuando por fin aprendía a sujetarlo y a enfocar, la lente se cerraba y todo se volvía negro.

Lydia actuaba siempre como si sólo ella viera lo que veía, como si no pudiera verlo nadie más, como si el telescopio por el que miraba no fuera un simple objeto en el que cualquiera podía introducir una moneda, sino un instrumento hecho sólo para ella, instalado en aquel lugar únicamente para ella, a su exclusiva disposición. Durante nuestros paseos, excursiones y salidas no dejó escapar ninguno, ni el del mirador del bosque cercano, ni el de la terraza del aeropuerto. Una y otra vez apoyaba los pies en la pequeña plataforma metálica con sus gruesos zapatos, tanto en verano como en invierno, se sujetaba con fuerza a los asideros de derecha e izquierda, que le teñían las manos de rojo, y se
encaramaba hasta llegar a la altura del visor.

Llegó un momento en el que Lydia perdió la afición por todas esas cosas sin que ni ella ni yo supiéramos por qué. Ya no le gustaban el telescopio, ni los saltos, ni el algodón de azúcar rosa y blanco que pellizcábamos con los dedos y que nos dejaba una pátina cristalina en los dientes; ni siquiera el lejano cielo de verano sobre nosotras, con las nubes, las escasas gaviotas y las estelas de los aviones, ese cielo que a Lydia siempre le había gustado porque cambiaba de color cada vez que levantábamos la vista. Antes, nos bastaba con tumbarnos en el cemento, junto a las barquitas, y contemplar el cielo en el que los otros niños, entre cúmulos y gaviotas, hacían volar las cometas que les había regalado la gente del circo y que, en cuanto cambiaba el viento, se estrellaban contra el cemento cerca de nuestras cabezas, con el extremo puntiagudo apuntando hacia abajo, como una flecha que alguien hubiera arrojado. Llamábamos a ese cielo de verano «nuestro cielo», porque nos gustaba que nos permitiera lanzar las cometas hacia arriba, izarlas hacia él, y que su color cambiara a cada instante.

En su decimosexto cumpleaños Lydia se quitó los vestidos que su madre nos había comprado y no volvió a ponérselos. La madre de Lydia los había encargado tiempo atrás para nosotras con el poco dinero que le quedaba, mediante los catálogos que encontraba en los portales de las casas, en primavera y en otoño, y que hojeaba durante días y semanas para señalar con clips metálicos las páginas en las que había algo que le gustaba, que creía que nos sentaría bien.

Dos años más tarde Lydia hizo las maletas, las dos pequeñas que tenía, con lo imprescindible: dos libros, dos cuadernos, una fotografía y algo de ropa. A nosotras, a su madre y a mí, nos había anunciado su nueva vida tiempo atrás, nos la había descrito tal y como se la imaginaba. Entonces, mucho antes de irse, ya sabía incluso cómo sería el nuevo piso que pronto tendría, en su mente lo equipaba con muebles y alfombras muy distintos a los de su madre. Llevaría guantes de piel clara durante todo el año, decía Lydia, y se compraría la ropa en Londres y sólo en Londres, en ninguna otra ciudad del mundo. Y nosotras, su madre y yo, la dejábamos hablar sin creer ni una palabra de lo que decía, porque solía decir cosas que olvidaba en cuanto salían de su boca y que nunca se hacían realidad, por lo menos no como ella las había descrito y visualizado. Quizá también nos negábamos a creerla porque no queríamos imaginar una vida sin ella. «Cuando seamos mayores—me decía Lydia—, muy mayores, nos tendremos la una a la otra, todavía estaremos juntas o volveremos a estarlo de nuevo, y entonces ya nada nos importará, ni el otoño, ni el invierno, ni nuestro pelo canoso. Estaremos juntas», repetía a menudo dos meses antes de desaparecer y de dejarme con la pregunta: «¿Cuándo?».

Su madre pasó mucho tiempo ante la ventana, sentada en una silla que Lydia y yo habíamos pintado de blanco el verano anterior porque cada verano pintábamos de blanco todos los muebles de su madre. Ella nos lo permitía, como permitía todo lo que Lydia se proponía, y luego, cuando se fue, se sentó ante la ventana, en esa silla en la que Lydia había dibujado una franja y dos flores de color rosa pálido sobre la pintura blanca, con una plantilla que ella misma había recortado. No volvió a quitarse el abrigo, el viejo abrigo a cuadros que no conjuntaba con su falda y que Lydia siemprehabía querido esconder o quemar; también se dejó puestos los guantes, y sujetaba el abrigo con una mano, como si aquel pedazo de tela pudiera sostenerla.

La madre de Lydia y yo esperamos hasta que comprendimos que ya no estaba, que había cerrado la puerta y había salido volando escaleras abajo con la chaqueta oscura y la gorra, había bajado la calle hasta la parada, con sus dos pequeñas maletas y el billete para el que tanto tiempo llevaba ahorrando, y se había dirigido al aeropuerto para embarcar en un avión que no quisimos ver despegar, ni su madre ni yo. Pero nos lo imaginamos todo desde las sillas blancas junto a la ventana donde seguíamos sentadas días y semanas después; imaginamos cómo Lydia, con sus dos maletas, había salido corriendo a la terraza antes de embarcar, en los últimos minutos antes de que anunciaran el vuelo, para volver a mirar por el telescopio, las manos sujetas a los asideros de derecha e izquierda, por última vez.

Y ahora tengo una postal encima de la cama, con una llave al lado atada a un lazo rojo, rojo como el fuego, y una dirección, una dirección de Londres con los labios rojos que Lydia estampa en todas sus cartas; a su lado, el código para abrir la puerta de su casa y seis palabras, como siempre, más que una carta, un eslogan: «Come to see—fall and me», ven a vernos al otoño y a mí.

Pasa un tiempo hasta que la llamo, quizá porque pienso con demasiada frecuencia que Lydia no ha venido nunca, ni un solo día, ni una sola vez a visitar a su madre, cada verano encontraba explicaciones que nunca eran explicaciones; y porque sigo pensando con demasiada frecuencia que no sólo actuó como si ya no encajáramos con ella, sino que me hizo creer que nunca habíamos encajado, que nunca había existido un «ella y yo», ni los vestidos de los catálogos, ni ese lugar al que llamábamos «puerto», ni ese circo que montaba un trampolín y repartía cometas, ni esos telescopios a través de los cuales ella veía cosas. Me siento aliviada cuando salta el contestador automático y la voz de Lydia repite en inglés el número de teléfono al que he llamado, y yo digo algo, con voz débil y titubeante, algo que empieza con un: «Hola, Lydia, sí», con un estúpido «sí» que no quiere decir nada ni conduce a ninguna parte, y más tarde, al cabo de pocas horas, Lydia me devuelve la llamada y me pregunta: «¿Te pasa algo? Tu voz sonaba muy rara».

Me espera en el aeropuerto, sonríe de oreja a oreja sin parar, me rodea los hombros con el brazo y no me suelta ni en el tren, ni en las escaleras mecánicas, ni en el portal de su casa, junto a los buzones, ni en el pequeño ascensor que, en cuanto se cierra la verja negra, nos lleva hacia arriba. Me deja abrir la puerta con la llave atada al lazo rojo que me ha enviado, ella a mi lado, mirándome las manos, observando
cómo hago girar la llave, como si hubiera estado deseando, anhelando que llegara ese momento.

Tiene el piso pintado de blanco, un blanco roto casi crema, la cama hecha con sábanas blancas, igual que las toallas del cuarto de baño y los paños de cocina. Lydia dice que no quiere otro color para los muebles y las paredes. Tiene una foto colgada en la pared con dos alfileres, en la cocina, encima del fregadero, junto a los azulejos blancos, una foto que nos hizo su madre: Lydia y yo, sin cabezas. En ella no se nos ve a nosotras, sino los vestidos nuevos que llevamos, hechos de una tela floreada, llenos de minúsculas flores. Aunque no se nos vea la cara, cualquiera podría distinguirnos por la posición de nuestras manos, cada una con su estilo. Yo las tengo cerradas, parece que quiera esconderlas, retirarlas. Las manos de Lydia están abiertas, moviéndose aunque estuviera quieta. Lydia pregunta:

—¿Aún te acuerdas de aquellos catálogos?—E intenta sonreír, pero es como si todavía estuviera enfadada consu madre.

«Vestidos de niña», dijo la madre de Lydia aquel día.

«Vestidos de niña», repitió Lydia en un tono muy diferente, y estoy segura de que cuando su madre sacó aquella foto no quería que saliera la cara de Lydia, su mirada, sino sólo los vestidos que llevamos varios veranos, con los estrechos cinturones blancos de plástico y las rebecas grises. Con un lápiz de punta gruesa, Lydia había escrito en una esquina:
«Lydia y Vicki. Guapas incluso sin cabeza».
Cruza el piso, pone la cafetera a hervir y me pregunta:
—¿Todavía lo tomas así?

Luego me dice que tiene un anillo, un anillo que ha diseñado sólo para mí, de color azul pálido, porque el azul es mi color, azul como el azul del cielo que nosotras conocemos, el de antes, aquel azul que cambiaba en el acto, es exactamente aquel azul, Lydia me pregunta si me acuerdo. Acaricio el anillo en mi dedo, me pregunto cómo ha conseguido, después de tantos años, diseñar y fabricar un anillo para mí,
aquí, bajo una pequeña lámpara blanca, con unas pequeñas tenazas, un anillo hecho de alambres y piedrecitas translúcidas, un anillo que enseguida me gusta porque lleva mi color azul y se me ajusta al dedo a la primera, y Lydia dice:
—Te sienta bien ese anillo, a ti y a tu dedo. —Y me mira las manos como sólo ella puede mirar, con los ojos empequeñecidos, la cabeza ladeada y los brazos en jarras.

Lydia tiene el aspecto que tiene porque no come, porque reprime el hambre, porque se mete en la boca bolitas de algodón empapadas en infusiones si yo no se lo impido. Su pequeña nevera está casi vacía: una botella de zumo caducado y un antifaz de gel que se coloca en los párpados cada mañana mientras se toma su café sin cafeína, envuelta en el albornoz blanco y con la toalla blanca enrollada en el pelo
húmedo como un turbante, con unas zapatillas blancas de rizo que dejan al descubierto los dedos de los pies y las uñas pintadas de blanco. Cuando se sienta así cada mañana, enfrente de mí, ante la ventana dividida por travesaños blancos que se abre hacia arriba, después del tercer o el cuarto cigarrillo me viene a la mente la idea de que para nosotras dos no habrá vejez, por lo menos no como Lydia se la imaginaba, no como la concebía antaño, poco antes de irse: ella y yo, encorvadas, dobladas, sosteniéndonos mutuamente.

Más tarde, en distintos momentos del día, esta frase vuelve a mi cabeza una y otra vez: «No habrá vejez para nosotras». También lo pienso cuando salimos del piso y Lydia va de tienda en tienda, de cafetería en cafetería, entrando y saliendo, con la campanilla de la puerta que anuncia nuestra visita y su «Hellooo» en voz alta, arrastrando y alargando la o con su forma única de hablar, ese «Hellooo» que suena un
poco como una invitación, una exigencia, un poco como una amenaza, como si los demás estuvieran ahí para entretenerla. Creo que no habrá vejez para nosotras, quizá porque Lydia no es una persona que envejezca, que algún día pueda parecer mayor, que permita una simple arruga en su cara; lo pienso ahora, mientras la observo cruzando la tienda en diagonal con sus gafas Jackie O., con el mechón teñido pegado a la frente, con su vestidito negro, esa falda que le llega justo encima de la rodilla y que enseña tanta pierna que me da un poco de vértigo, quizá porque sus piernas son como son con esos zapatos, los altos tacones y las correas atadas a los tobillos que las dividen en dos partes, la superior y la inferior.

Antes, con quince, dieciséis, diecisiete años, cuando estábamos juntas cada día a todas horas, no me importaba que la gente nos considerara pareja. Me gustaba que pensaran que yo podía estar con alguien como ella, y que pensaran que Lydia había escogido a alguien como yo. Nos divertíamos difundiendo rumores y mentiras e historias a nuestro alrededor, y nos reíamos cuando los demás nos creían y cuchicheaban a nuestras espaldas y nos señalaban sofocando una risita. Pero ahora me molesta, por primera vez me molesta que alguien pueda considerarnos una pareja en esas cafeterías, en esas tiendas, me molesta cada vez que Lydia abre la puerta de un empujón, suena la campanilla y las miradas recaen en nosotras, en ella y en mí.

Vamos a tomar un té que nos traen en una tetera de plata acompañado de scones, panecillos que Lydia no prueba. Más tarde, paseamos por un gran parque porque yo insisto en ir y donde Lydia parece aburrirse, sin gente, sin tiendas. Las hojas de los árboles caen meciéndose en el aire, hojas de otoño amarillas y marrones.

—Tienes una hoja en el pelo—le digo—, ¿puedo quitártela?

Lydia asiente, alargo la mano hacia su pelo, le enseño la hoja, es pequeña y roja, y luego la dejo caer ante nosotras. Un niño, que lleva uno de esos abrigos cortos y oscuros que llevan los niños aquí, corre por el césped, por ese césped verde y tupido. Lleva una cuerda en la mano. Su cometa revolotea por un cielo descolorido, muy alta, una cometa como las que veíamos antes, tumbadas en el cemento del puerto con los
brazos cruzados bajo la cabeza. Lydia se detiene, levanta la vista hacia la cometa rosa que el viento empuja y que arrastra y tira del niño, que cada vez se ve más pequeño y corre más deprisa, y así nos quedamos un rato, hasta que Lydia dice:
—Parece que quiera llevárselo.

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