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Terézia Mora

Se perdieron en el bosque

20 min
Germany
Terézia Mora

Se perdieron en el bosque

20 min
EnglishGerman(original)Spanish
Translated by: Ariel Magnus

En verano, durante la temporada, él trabaja desde que sale el sol hasta que se pone. Viaja hasta el trabajo con la salida del sol y con su puesta retorna. Es algo bonito, el viaje dura exactamente lo mismo que esos amaneceres y que esos atardeceres. Se ponen juntos en marcha, llegan juntos: el joven y el sol. Lamentablemente, el sol siempre está a sus espaldas, ya que por las mañanas viaja hacia el oeste y por las tardes regresa hacia el este. Por supuesto que se ve en todas las cosas que el sol justo está saliendo o poniéndose, pero al sol mismo solo puede verlo cuando aparece en alguno de los espejos retrovisores. Así viaja: con los ojos en los espejos. El de un lado, el del medio, el del otro lado. Todos los días el sol se desplaza algunos segundos y metros, pero hay ciertos sitios en donde siempre se lo ve. Después de la curva, a la izquierda, junto al pequeño bosque sobre la colina. En algunos sitios aparece en dos espejos al mismo tiempo, encandilándolo por un segundo. A veces (con frecuencia) él cierra brevemente los ojos. Uno, dos. Se imagina que el sol aparece en los tres espejos en simultáneo. Lo cual no significa nada. Solo que le gusta imaginarlo. Es algo que no carece de peligro, puesto que las calles están llenas de autos tanto de mañana como de tarde, pero él de todos modos no puede evitar tener confianza en que justo durante esos dos segundos no vaya a ocurrir ninguna desgracia.

Durante el día se la pasa sentado adentro. Desde el mostrador de la recepción del hotel se puede ver el lago. No el agua, pero sí las cañas sobre la orilla. El movimiento de las cañas, los reflejos del agua detrás, las nubes arriba, o la ausencia de nubes. Todo eso también es bonito. El verano es bonito. Se pone muy caluroso, pero el hotel está climatizado. A la tarde, al irse, siente fluir el calor almacenado en todas las cosas y luego de nuevo: el sol en los espejitos.

En invierno, en cambio, casi lo único que ve es oscuridad. Viaja hacia el hotel a oscuras, y al final del viaje sigue estando tan oscuro como al principio, luego trabaja y regresa de nuevo a oscuras. Muchos viven así. Muy al principio en el hotel hacía además solo el turno noche, así figuraba en los clasificados para el puesto vacante, buscamos recepcionistas nocturnos, y él también quería los 200 euros extra que ofrecían por eso, pero después se le hizo demasiado. Lo que necesita es sencillamente más luz, le dijo el médico. Él le habló de los 200 euros. Entiendo, dijo el médico. Finalmente se animó a preguntarle a su jefa si no podían darle al menos de vez en cuando el turno de día.

Renunciar a los constantes turnos de noche también podría haber sido útil para su vida social. Tenía muchos amigos y en rigor los sigue teniendo, solo que por los turnos de noche ahora casi no se veían. Antes se juntaban prácticamente todas las noches y jugaban: al billar, a los dardos, a los bolos, al bádminton, los fines de semana al fútbol y al tenis, además de comer bien, pizza, hamburguesas, sándwiches calientes, bebiendo tragos con cerveza. Una tropa alegre, muchachos y muchachas mezclados. Algo que hubiera podido recuperar con los turnos de día, pero a la vez no. Yo tampoco sé. Ya no sé bien cuándo, tal vez durante las noches solitarias detrás del mostrador de la recepción y a veces parado delante de la puerta, para poder oír el murmullo de las cañas y del lago, tal vez por las salidas y las puestas de sol, se ha instalado en él un silencio que no tiene ánimo de romper. Del trabajo viaja a su casa, se acuesta en su camita y lee poemas, como hacía cuando iba a la escuela (y de hecho lee las antologías de textos del colegio, que sigue teniendo), pero no siempre. No siempre el silencio que ha surgido es lo suficientemente estable como para dejar que entren palabras. A veces ni siquiera música. (En cambio, el murmullo de la lavadora de ropa no molesta casi nunca.) Entonces solo pasa las dos o tres horas antes de acostarse a dormir concentrándose más todavía en no dejarse quebrar. Hay vidas peores. Pero está claro que sus amigos no entienden qué es lo que le pasa, y también está claro que él no podría explicárselos.

 

El día en que transcurre esta historia, no hubo sin embargo tranquilidad alguna, de principio a fin. Por empezar, casi quedó involucrado en un accidente. El pueblo de carretera donde vive queda sobre una colina, su casa en una curva, lo cual es especialmente peligroso en invierno, cuando la ruta está congelada. Los que salen de la curva viniendo desde arriba, patinan en ese lugar y se van derecho hacia su casa. Por suerte antes hay una zanja, todavía nadie chocó nunca directo contra la casa. Hasta dónde él recuerda, y solo tres que terminaron en la zanja. Ahora es verano, pero es lo mismo, sin conocimientos de la zona y ocupado en mirar el paisaje, como ocurre cuando uno es turista (si al menos fueran despacio, pero no, van rápido), también esta mañana alguien se pasó hacia el lado incorrecto de la carretera, hacia donde él, por su parte algo dormido aún, salía con su auto del patio. Chirriar de gomas y ojos bien abiertos de ambos lados. Se quedaron ahí, a no más de un dedo de aire entre los paragolpes, ambos carriles bloqueados, durante un minuto eterno. Luego arrancaron, sin haberse bajado del coche, sin pronunciar una sola palabra, cada cual un poco hacia atrás y después uno al lado del otro en direcciones opuestas. De modo que todo se había desarrollado con el mínimo costo posible, pero de cualquier modo cuando llegó al hotel su pulso cardíaco aún no había terminado de normalizarse. 

Más tarde, en su pausa del mediodía, lo llamó la jefa.

Para hacerla corta (eso es lo que siempre dice ella: buen día, para hacerla corta): usted es uno de nuestros mejores empleados. Correcto, concentrado, amable, leal. Tengo la máxima confianza en usted.

Muchas gracias, dijo él.

En resumen, ella quería preguntarle si él podía imaginarse ser el jefe de la recepción. Cosa que hasta ahora era el trabajo de ella, que a su vez iba a subir un escalón más arriba. Para él eso significaría hacerse cargo de cuatro empleados y 350 más al mes. 

Gracias, dijo él. ¿Puedo pensarlo hasta mañana?

Naturalmente, dijo la jefa, algo asombrada (¿o directamente decepcionada?). No por el tiempo pedido para reflexionar, eso era en efecto de lo más natural, sino porque durante toda la conversación él no había hecho ningún gesto. 350 son solo 150 más que lo que recibe el recepcionista del turno noche, pero eso había llegado solo bien al final. Y aun antes de eso: ninguna sorpresa, ninguna alegría, ninguna excitación, solo la amabilidad, como siempre. 

Durante el resto del turno, cada vez que la colega volvía de su pausa de fumar, salía él mismo afuera. Ella: en una mano el cigarrillo, en la otra el teléfono, organiza su vida fuera del hotel, o simplemente la vive, no deja de hacerlo solo porque está en el trabajo, una muchacha alegre con pelo largo y lápiz labial rojo. A la jefa no le gusta que ande mandando mensajes, ni la actitud de la muchacha, ni la muchacha misma. Él no juzga a ninguna de las dos, simplemente no fuma ni manda mensajes, y tampoco esta vez tiene que informar enseguida a nadie ni pedir consejo. Solo se queda parado junto al cenicero, la cara hacia el lago, ambas manos en los bolsillos del pantalón. 

Camino a su casa, el sol ardía tan fuerte como no lo había sentido nunca en su vida, envolviendo todo en una luz rojo de peonía. Que apareciera en los tres espejos a la vez no hubiera sido nada comparado con ese raudal. Como si fuera una corriente inmensa, de cuya existencia no hubiéramos sabido nada, hasta que sobrepasó la orilla. Se le hacía difícil ver algo, y se cansó mucho. Pero no podía volver enseguida a su casa. Tenía una cita.

 

Ella llega siempre demasiado temprano; él a menudo un poco tarde, ya no hacía a tiempo de pasar por su casa para cambiarse la camisa, tenía que ir así como estaba, en su uniforme de recepcionista, la corbata metida en el bolsillo del pecho. Huelo a sudor, por supuesto. El saco estaba tirado en el asiento trasero, y ahora que debía llevar a otra persona, se dio cuenta de lo sucio que estaba el coche. Sobre todo paquetes estrujados de comida rápida y golosinas. También ahora tenía mucho hambre, pero primero pasó a buscarla a ella. 

Ella estaba parada al borde de la acera bajo el resto de luz vespertina ya de nuevo suavizada, con un vestido corto y ajustado y sandalias blancas de tacos altos. Cuando él se le acercó, en los últimos metros, se encendió también un farol de calle próximo a ella, haciendo resplandecer su cabello cobrizo. Estaba bonita y alegre y relajada, como siempre que la ve. Siempre que la ve, ella está de vacaciones y él, trabajando. Ella viene una sola vez por año, en verano, y tampoco por largo tiempo. Porque él no puede proponer nada, dice ella, cuándo y dónde deben encontrarse y qué harán luego. Esta vez ella dijo que quería ir al gran mirador arriba en la montaña (en realidad solo una colina, ni 400 metros de altura), ese monstruo de madera que ella recordaba de su infancia. No pocas excursiones involuntarias llevaban hacia él (la escuela y otras cosas de adultos), y cada vez se iba arruinando más: nombres tallados, clavos oxidados, al final la escalera clausurada. Ahora se supone que había una nueva. Vayamos en auto al mirador y contemplemos la ciudad nocturna desde arriba.

Primeros compremos un sándwich, dice él. Me muero de hambre.

En un bar compró un sándwich caliente con queso y jamón. 

No deberías comer esas cosas. ¿Y si mejor vamos a cenar algo? O bien, lástima que se le ocurría solo ahora, debería haber traído una cesta de picnic, dijo ella. Una excursión, una cesta de picnic. Un picnic nocturno con vista a la ciudad. Eso hubiera sido bonito. ¿Cómo no lo había pensado? Todo había estado mal planificado, ella asumía la responsabilidad.

Da igual, dijo él. Ahora tengo esto.

Ella no podía quedarse sentada al lado y esperar a que él terminara el sándwich, así que ofreció manejar, cosa que a él le pareció bien, estaba muy cansado. Se dejó deslizar hasta bien abajo del asiento del acompañante, las rodillas apretadas contra la guantera, el sándwich grasoso cerca de su boca, solo tenía que darle mordiscos. Un pedazo de queso le cayó en la camisa. Eso no sale nunca, jamás, la camisa está perdida. Da lo mismo. Ella manejaba con dificultad ese auto que no conocía, y además rápido, él sentía las curvas en el estómago. Cuando cambiaba de pedal, sus piernas brillaban. Llevaba medias finas, pese al calor. Piernas brillantes, pelo brillante. Tiene más años que yo y parece más joven, porque se toma el trabajo y yo no.

No queremos hacer un misterio alrededor de la relación especial entre ambos, al contrario, queremos nombrar la absurda situación por su nombre, que sería la siguiente: son medio hermanos con un padre en común, pero ni el padre ni las dos madres quieren que se vean entre ellos. Ella tiene 33, él 30, y se encuentran una vez por año en secreto en la ciudad en que ambos han nacido. Él vive en un pueblo de los alrededores, en la misma casa que su padre, que se jubiló temprano, y ella, cuando viene de visita, vive con su madre en la ciudad. Cuando salen, sus padres les preguntan adónde van y con quién, así que dicen alguna cosa, les cuesta tan solo una sonrisa, pero sigue siendo algo absurdo. Por eso él está siempre de acuerdo en encontrarse con ella, sin importar cuán cansado esté, sin importar si en realidad ya tenía otros planes con alguna otra persona (en el pasado).

Eran cerca de las diez de la noche, en principio estaba oscuro, pero una ciudad tiene naturalmente su iluminación. Pasaron por al lado del parque de la ciudad, a través del túnel demasiado profundo, que cuando llueve un poco fuerte se llena de agua. A la gente que vive sobre la montaña le cuesta entonces llegar hasta abajo. Sobre la montaña viven los más acomodados. Ahí está la piscina pública, el club de tenis y el hotel con más estrellas de la ciudad. Detrás del hotel ya no hay más casas, solo el bosque y la calle que lleva al mirador.

¿Tengo que doblar aquí?

Pero ya había doblado. La calle del bosque no está iluminada, es angosta, de asfalto tosco, resquebrajado en los bordes. Ella silbó: Hansel y Gretel, y se rió. 

¿Cómo te va? ¿Te va bien? ¿En el trabajo?

Sí, dijo él. Ahora tengo de nuevo el turno día. (Cansado, pero bien dormido. Ya no tiene que renunciar al sueño para encontrarse con ella. Durmiendo sentado con los ojos abiertos sobre el pasto a orillas de un lago balneario, mientras las avispas se ahogan en la botella de jugo y ella hace girar su cuerpo reluciente de un lado al otro bajo el sol.) Ahora es un poco más cómodo. Salvo por el hecho de que uno tiene más horas extra. Hoy, por ejemplo, poco antes de la hora de irse, había llegado un grupo de italianos que solo sabían italiano. Tuve que quedarme, porque soy el único que tiene conocimientos de italiano, aunque para decir la verdad: muy buenos no son. La cosa andaba, de alguna manera, pero no estaba realmente bien. Ya no lo hablo más que como alguien que en rigor no lo sabe. Y eso que en algún momento fue mi lengua extranjera preferida.

Ella lo consoló, no era culpa de él si aquí no lo podía hablar con nadie. Solo rara vez llegan italianos. ¿Cuándo estuviste por última vez en Italia?

Estaba demasiado cansado para hacer la cuenta. Hace mucho, eso es seguro. Seguro que existe algún tipo de curso en CD para refrescar el idioma, que podría haber escuchado en el auto camino al trabajo.

Lo dijo y en el mismo segundo supo que jamás se compraría un CD como ese. Cualquier cosa que empieza, la deja mucho antes de su final. Se miró los nudillos de los dedos, porque se acordó de que en el transcurso de uno de sus estudios interrumpidos había aprendido a cortar fideos. De cuchillo: los nudillos. Otra cosa que llegado el caso había que comprobar: si aún puedo cortar fideos. 

 

La torre del mirador apareció a mano derecha. Era de madera clara, amarillenta. Un breve sendero de bosque llevaba hasta allí. Como si también hubiera ahí dos mesas de picnic de madera con sus bancos, en la oscuridad. Ella detuvo el auto sobre la calle. En sandalias blancas de taco alto por el oscuro piso del bosque. Se rió de ella misma. No podía ser más inapropiado. Después de un rato, sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, y también sus pies habían aprendido que el camino estaba regado de mantillo, de modo que no tenían que tener tanto miedo de las piedras y las raíces sobre las que podrían haber caído. Alrededor crujían los árboles, y en las copas se oía un murmullo, aunque abajo no se sentía ningún viento. Un murmullo oscuro, demasiado oscuro para todo, era luna nueva. La hermana miró para arriba. Allí donde vive, siempre hay mucha claridad, la mayor parte del año apenas si se ven un par de estrellas. Está acostumbrada a que aquí haya en cambio muchas. Solo que hoy no hay. Algunos velos de nube bajitos y blancos, eso era todo.

Todavía no habían llegado al mirador cuando ya intuyeron que estaría clausurado. De todos modos, no podían darse por vencidos tan rápido, tenían que hacer la prueba. Por supuesto: clausurado. Torre de madera, peldaños de madera, puerta de hierro con rejas. La zona de alrededor tampoco era demasiado acogedora. ¿Sentarse sobre el tren de madera de la plaza de juegos para niños? ¿Sobre el subibaja? Ella: sí. Si ella dijera vamos, juguemos al subibaja, él lo haría. Él mismo jamás propondría algo así. En el bosque oscuro como boca de lobo jugar al subibaja con su hermana. Pero ella no lo propuso. Volvieron a subirse al auto. Quedémonos un rato sentados aquí. Quedarse sentados en el auto y charlar era algo bueno.

Otra vez: ¿qué hay de nuevo? Esta vez con ella.

Todo como siempre. En la oficina, que tiene junto con su marido, las cosas andan bien. Poco estrés, y cuando hay, es de tipo productivo. La cuestión de los hijos está en el aire, no tanto por ella que porque muchos a su alrededor empiezan ahora a ser padres. Ellos mismos seguían indecisos. (Ella tiene miedo de volverse fea e infeliz. Pero es algo que, salvo a su marido, no se lo dice a nadie.)

Y, ¿cómo les va a tus padres?

Ella lo pregunta, por supuesto, porque quiere saber cómo es vivir con el padre, pero él le habla cada vez sobre todo de su madre, que entretanto se ha divorciado también del padre y enseguida enfermó, que lucha ahora por que le reconozcan que está incapacitada para trabajar, que se mudó junto a otro hombre y volvió a dejarlo y se compró un auto, este de aquí, del que después no había podido pagar sin embargo las cuotas, así que él había vendido su auto viejo y tomado el de ella, ahora era él quien pagaba las cuotas, y cuando ella quería que la llevaran a alguna parte en auto, entonces él la llevaba, pero ella no estaba conforme porque él estaba lejos el día entero y de noche alguien de su edad rara vez quiere que la lleven en auto a algún lado. 

Ella sonrió. Sobre el padre se olvidó de informar, y él tampoco le pregunta nunca a ella por su madre, la mujer que el padre había dejado para juntarse con la madre de él. Le va bien, gracias, pensó la hermana. Está sana, tiene trabajo y dinero para vivir y ningún hombre que se emborrache o ronque. Lo único que no está permitido es recordarle al hombre del que se separó hace más de treinta años, porque entonces se pone furiosa y solo se tranquiliza cuando yo he pasado una noche en algún otro lugar y ella se siente aliviada de verme otra vez al día siguiente.

(La vamos a sobrevivir, le dijo ella el año anterior a él.

Quién sabe, dijo él.)

Y luego, lo que también había pasado hoy: me dieron un ascenso.

¿En serio?

Ahí ella se puso enseguida como loca de contenta. Sus manos, su pelo, sus piernas empezaron a moverse, todo en ella resplandeció. Ser ascendido es bueno, hacer carrera es bueno, o al menos “hacer algo de uno mismo”. Aprovechar las ocasiones, agotar las posibilidades. En el marco dado o eventualmente también más allá, creando nuevos marcos. ¡Eso es bueno!

Eso de los marcos él ya no lo había entendido del todo, pero ya desde antes, desde que había aparecido la palabra carrera, había tenido en claro que no era lo que él quería. No quería ser jefe de recepción. Cuatro personas a su cargo y 350 euros más. Carrera. Ya la palabra…

No sé, dijo tentativamente. No sé si vale la pena todo el estrés.

Ella volvió a mencionar el así llamado estrés positivo. También hay un estrés positivo.

Él asintió. Por supuesto. Claro. Lo sé.

(Cambiarse volando de una actividad de tiempo libre a la otra. Sacarse la ropa de fútbol, ponerse la camisa, los otros ya esperan en el salón de billar, entre ellos una chica a la que conoces un poco, que podría ser. Él sigue pensando en “chicas”, aunque entretanto ya sean mujeres. Algunas han pasado por un matrimonio. Algunas tienen un hijo o dos. Pero él nunca llegó con ellas al punto de conocer a algunos de estos hijos.)

Quizá más estrés es lo que necesitas, dijo ella a su lado.

De pronto se puso tan furioso que sintió calor por todas partes. Apretó los labios. Con los restos de queso grasoso encima. Me puse colorado, sin dudas. Mi cabeza roja sobre el cuello blanco de la camisa. Treinta años. Los pelos que ya se me empiezan a caer. 

Ella no es totalmente insensible, esperó a que él se hubiera calmado. Mirando hacia el bosque oscuro afuera, esperó el tiempo suficiente y solo después preguntó:

¿Cuál es en el fondo tu sueño? ¿Qué es lo que más te gustaría hacer? 

(Nada. Mirar el sol cuando sale y cuando se pone. Más allá de esos pocos minutos por día, no quiero vivir. No quiero tener que comer, nada. Dormir, como una criatura de fábula. Duerme, se despierta para ver la salida y la puesta del sol, y luego vuelve a dormir. Siempre así, eternamente.)

En voz alta dijo (y solo para no extender demasiado su furia, para poder seguir hablando con ella): una sandwichería. Como esa en la que acabamos de estar. Sándwiches a la plancha.

Y ella, por supuesto, enseguida estuvo de acuerdo. Capacitada como está para el entusiasmo. Una sandwichería, ¿por qué no? Claro que algo así estaría realmente bien si no fuera un sitio grasiento de fritangas venido a menos y todo lleno de luces de neón como el que acababan de pasar con el auto, sino más bien como un bar italiano. Con una elegante máquina de hacer espressos, de esas que al momento del cierre hay que limpiar cada día durante media hora porque solo así se obtiene de ella un buen café. Y por supuesto que también habría tramezzini, o sándwiches calientes, como los llamaba él, pero allí los llamarían tramezzini. Y también tendrían uno de verduras asadas, al que llamarían tramezzini con antipasti. A ese local irían los pocos turistas italianos y él podría hablar con ellos en italiano. Con el tiempo se correría la voz, los italianos se lo dirían a otros italianos, y en algún momento los viajeros italianos harían un desvío extra para visitar su bar en esta pintoresca ciudad pequeña, que de por sí ya valía la pena una visita. Un día se la declararía incluso ciudad hermana de otra ciudad de Italia de un tamaño similar, los italianos se enamorarían de las mujeres locales y los hombres locales se enamorarían de las italianas, él mismo entre ellos, y yo tendría sobrinas y sobrinos italianos.

Volvió a reír, y como al hacerlo resplandecía de manera tan amable, sus ojos, sus labios, sus mejillas, él dejó de sentirse furioso y sonrió también un poquito.

¿O ya tienes a alguien? (Una mujer, es decir.)

Él dejó de sonreír y dijo: de momento, no.

Lástima, dijo ella y suspiró. Y luego ambos pensaron en alguien de nombre Andrea, que había sido su novia durante siete años y después incluso su prometida, antes de dejarlo.

Lo dejó porque trabajaba de noche y dormía de día, y cuando estaba despierto casi no decía palabra, y en general porque la mayor parte del poco tiempo que hubieran podido estar juntos él lo pasaba a las órdenes de sus padres, tan poco independientes, por ni hablar del dinero, que siempre necesitaban para esto o lo otro, medicamentos, certificados médicos, reparaciones, bienes de consumo que se revelaban como absolutamente inútiles, pero bueno, olvidémoslo, aunque siempre los dejaban secos. ¿Y qué va a pasar cuando algún día tengamos hijos?

Ella había dicho en ese momento que podía entender el punto de vista de Andrea.

Él dijo, y sigue diciéndolo aún: una pareja tiene que aguantar esas cosas al lado de uno.

¿No importa lo que sea? ¿No importa cuánto tiempo? ¿Y si dura una eternidad? 

No hubiera durado una eternidad.

Siete años no es poco. Y entretanto habrían sido diez. Y eso es solo lo que ya hemos dejado detrás de nosotros.

(Ella solo quiere vengarse del padre de ambos, porque él no había estado presente para ella, pensó él y preguntó:) ¿podemos hablar de otra cosa?

Se quedaron sentados en silencio dentro del auto. Diez segundos, o veinte. En la oscuridad del bosque, del cielo. 

Luego, de pronto, de la nada, no, desde abajo, desde la dirección de la ciudad, el ruido de un motor aullando con las revoluciones a tope y una luz muy brillante. Era un vehículo grande el que se les acercaba, ellos vieron, por sus luces, que iba exactamente hacia donde estaban ellos, y no solo en su misma dirección, pero eso era sin dudas no más que una ilusión óptica, por muy cerca y rápido que pasara, lo haría por al lado. Pero no fue eso lo que sucedió, sino que siguió viniéndoseles encima, rápido y ruidoso, y antes de que pudieran darse cuenta, los chocó haciendo un ruido infernal. Los empujó un tramo delante suyo, sacándolos de la calle. No hacia el lugar donde está el sendero con mantillo que va al mirador, sino a un costado del mismo, ya dentro de la pendiente. El freno de mano estaba puesto, pero igual patinaron, aun cuando la mujer apretó además el freno, por un acto reflejo. Por suerte no se deslizaron demasiado, enseguida se les interpuso un árbol en el camino, chocaron contra ese árbol y quedaron ahí. Arriba de ellos, por la fuerza del choque cruzado en perpendicular a la calle, con las luces demasiado brillantes aún encendidas: un jeep gigantesco. 

El motor también seguía encendido cuando el conductor salió de un salto. Se hizo visera sobre los ojos y gritó: ¡¿Hola?!, pero se quedó parado cerca de su propio vehículo, no se les acercó, incluso giró, dio la vuelta alrededor del jeep, hacia el lado del acompañante, abrió allí la puerta y le habló a alguien. 

¿Todo ok?, preguntó la hermana a su acompañante. ¿Estás herido? 

Él no estaba herido. Ella tampoco. Las puertas se dejaron abrir.

¡¿Hola?!, gritó el conductor del jeep. Estaba parado de nuevo en el mismo lugar que hacía un momento, con la mano sobre los ojos. Cabeza rapada, pantalones blancos, remera blanca con alguna inscripción. Un cliché, como de libro.

¿Podría apagar las luces?, exclamó la hermana. ¡Apague las luces! ¡No vemos nada!

El pelado apagó el motor y la mayor parte de las luces, volvió a asomar del auto y gritó.

¡Estaban parados en medio de la calle! ¡En medio de la calle! ¡Sin luces! ¡Les falta un tornillo o qué! ¡Sin luz en el medio de la calle!

¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? La hermana, sacudiéndose el follaje del bosque de los zapatos. ¿No ves lo que pasó con el auto? Lo primero que uno pregunta en esos casos es si alguien está herido.

¿Están heridos?

Por lo que parece, no. 

La novia del conductor del jeep seguía sin bajarse, temblaba sentada detrás del parabrisas. El conductor del jeep llamó a la policía.

Ahora también se bajó el joven. Su lado estaba un poco más abajo de la pendiente, por lo que tuvo que apoyarse en el auto para poder pararse. Avanzó tanteando, para ver el lugar del impacto. El árbol, profundamente hundido contra el capó, como si hubiera crecido así. Chatarra. El autor es chatarra.

¿Todo bien?

Mañana tengo que ir con esto al trabajo, dijo él.

¿Estás asegurado?

¿Si estoy asegurado? Gritó. ¿Y qué te parece? ¿Estoy asegurado? ¿Lo estoy? ¿Asegurado?

Se movió pegado al auto, ayudándose con las manos, se aferró a la pendiente, subió en cuatro patas hasta la calle, y no bien la alcanzó empezó a andar a paso firme montaña abajo. 

Ella le gritó que esperara, también el conductor del jeep le preguntó a los gritos a dónde estaba yendo, que se quedara, tenía que quedarse, la policía estaba por llegar, pero él siguió corriendo cuesta abajo en dirección a la ciudad. Todavía puede correr rápido. A pesar de que ya no entrena ningún deporte. Por ir cuesta abajo, después de un tiempo le empiezan a doler las rodillas, pero da igual. Ella, con sus zapatos de taco alto, no tiene posibilidad de alcanzarlo jamás, y sin embargo lo intenta. En cuatro patas subió la pendiente, con el primer paso de nuevo sobre la calle se tropezó con el borde del asfalto, se torció el pie, recobró el equilibrio y salió corriendo tras él.

El conductor del jeep no lo puede creer. Lo que están haciendo esos dos. ¡Eso es abandono del lugar del accidente! ¿Es que están completamente…?

Sus sandalias de tacos altos sobre la calle empinada. Por momentos golpeando, por momentos arrastrándose y tropezando. El tiempo suficiente hasta que tomó tanta velocidad que patinó y cayó. Los pies se le fueron hacia adelante, quedó sentada sobre su trasero. Sintió que las medias se habían roto en la cola y en las pantorrillas y que la piel de abajo estaba en carne viva. Ni hablar de la parte trasera de los tacones. Están perdidas, comparadas con eso los raspones en la piel no eran dignos de mención. Las pequeñas piedras, que se quedan pegadas y vuelven a caer. Sentada en la calle, con la falda corrida hacia arriba, gritándole a su hermano. Al que ya había perdido de vista. A cambio, el conductor del jeep se había puesto en camino desde más arriba hacia donde estaba ella. No corría, quizá solo quería ayudar. Ella se quitó los zapatos sentada, los tomó en la mano, se levantó a los tumbos y siguió corriendo cuesta abajo. El tosco asfalto le cortaba la planta de los pies, pero eso era algo de lo que solo se daría cuenta en serio al día siguiente. El conductor del jeep se había detenido, tal vez llamado por su novia, que le pedía que no la dejara sola, o quizá es que había comprendido: esto no tiene ningún sentido, con esos dos. 

 

Ella siguió bajando hasta donde terminaba la calle principal. Había dejado de gritar el nombre de él (él se llama Peter y ella Petra, algo que hay que poder imaginarse), ya no le alcanzaba el aire para eso. La calle estaba muy iluminada y desierta, ella volvió a bajarse el vestido lo suficiente como para que le cubriera la bombacha. A los zapatos no se los puso, y así siguió descendiendo por la colina. 

Lo encontró no muy lejos, parado junto a la reja de la piscina pública. Desde aquí también se puede ver un poco la ciudad, pero él no miraba la ciudad, sino la parte externa de la piscina, que estaba cerrada por la noche. Al lado están las canchas de tenis. En una de esas había jugado de joven. Cuando aún era una esperanza por su talento. 

Estaba completamente sumergido en la contemplación del agua azul. Es azul porque las paredes de la piscina tienen azulejos de ese color. Tal vez hasta se había olvidado de ella por un momento, en todo caso hacía un rato que ya no se la podía oír. Solo la vio cuando, zapatos en mano, se detuvo a su lado. Detrás de ella, sobre la calle, dos patrulleros subían por la colina. 

(Tú tan solo tienes más suerte, pensó él. Simplemente tienes más suerte. Por supuesto que no es algo que pueda reprocharte, pero por el otro lado se te hace fácil hablar.)

Puedo prestarte dinero, dijo ella. No una fortuna, pero algo. 

No es necesario. Puedo usar la motocicleta de mi primo por un tiempo.

(La salida del sol sobre esa motocicleta.)

¿Qué hora es?

Casi las once. 

(Siete horas aún).

Tu camisa está desgarrada.

(En efecto. ¿Cómo ocurrió? Da lo mismo. Igual estaba perdida. Tramezzini prosciutto formaggi.) Da lo mismo, dijo él en voz alta. Es solo una cosa.

La miró, allí parada, con sus medias corridas, las manos sucias. Así y todo seguía teniendo un aspecto resplandeciente. Pulcra, serena. No estaba enojado con ella. Por qué habría de estarlo. Simplemente le resultaba una extraña. (Lo lamento, pero es así. Me falta alguien que se me parezca.)

Va a estar todo bien, dijo él. Tengo apenas treinta. Mis mejores años están por venir.

Lo dijo sonriendo, porque pensar en el sol matinal en el espejito retrovisor de la motocicleta lo había tranquilizado lo suficiente como para darse cuenta de que ellos dos aquí no tenían en el fondo nada que ver el uno con el otro, y haberse dado cuenta de eso le daba a su vez la suficiente libertad como para perdonarla. Aunque en rigor no hubiera nada que perdonar. 

Dijo: Mejor voy de nuevo para arriba.

Y ella: Te acompaño.

¿No quieres volver a ponerte los zapatos?

 

This story is taken from: Liebe unter Aliens by Terézia Mora

© 2016 Luchterhand Literaturverlag, München, in der Verlagsgruppe Random House GmbH

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