Ltd MinimonitorGeiger Muller circa 1990

Turksib

Turksib

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Los golpes en las vías eran ahora más fuertes y llegaban de manera irregular; yo me sostenía con los brazos abiertos entre las paredes de la cabina diminuta. Desde la taza de acero salpicada de excrementos subían gemidos y bufidos metálicos, de vez en cuando también parecía desahogarse una carcajada, debía estar agazapada en algún lugar del pozo, en la grava del terraplén, y me retumbaba en los oídos como un desdeñoso Semeysemey. No podía quedarme mucho tiempo más sin a mi regreso tener que dar alguna explicación, que al instante se vería duplicada en boca de la traductora y luego se multiplicaría por diez en los comentarios del cónsul.

En este país, hasta donde había aprendido entretanto, ni siquiera estaba prohibido poseer un contador Geiger, al contrario: las guías turísticas europeas lo recomendaban, sobre todo como un medio para tranquilizar al viajero, pues los valores mensurables, según decían, hacía tiempo que en la gran mayoría de las regiones se ubicaban otra vez por debajo de los límites autorizados. Jamás había pensado en adquirir este tipo de tecnología, ni siquiera creía que fuera posible poseerla de manera privada. Tanto más valiosa y propia me parecía ahora la cajita de un verde grisáceo, algo desgastada ya, así como las circunstancias en que la había adquirido, de uno de los comerciantes encapuchados que bloqueaban el andén con sus curiosas mercancías antes de que el tren partiera. Casi todo lo que me habían expuesto allí como “¡Suuveniiirr!” parecía salido del gabinete de objetos y efectos confiscados de un reino que se encuentra, junto a su ejército, en plena disolución. También había visto montañas de carne, pieles de animales, pasas de uva, pan y nueces que eran arrastrados en cochecitos de niño cerrados a medias, a menudo en una carrera de resistencia por el andén cubierto de nieve, hasta quedar bien cerca de los escalones de acero del vagón. Al final nadie podía evitar pagar por alguna cosa; el contador Geiger había sido mi derecho de admisión al tren. 

Tenía que ver con el fino chisporroteo, con sus sonidos crepitantes y esmerilados, que secretaba de manera contenida pero permanente. Cuando me lo ponía más cerca de la oreja, de pronto era un rasguño melódico, luego otra vez un rechinar y cuchicheo que flotaban como una débil voz disonante en el ruido ambiente del viaje, que todo el tiempo amenazaba con devorarse a la voz: de inmediato me brotaban lágrimas en los ojos. Todas las dificultades de mi viaje invernal se desvanecían ante lo que a todas luces quería comunicarme la voz del contador. Pese a los cien rublos, no había creído que funcionaría de verdad, y era evidente que tampoco funcionaba como debía, pues yo sentía claramente que su comportamiento penetraba en mi interior. Con gusto me hubiera estirado y aplastado contra el suelo; estaba cautivado por una imagen extraordinariamente consoladora que la susurrante cajita me transmitía con su curiosa melodía: algo que yo no podía concebir del todo, tal vez un rostro que permanecía borroso aún, una máscara bajo la que se guardaba un silencio obstinado o acaso solo expectante. 

Yo mismo había incluido, en las semanas previas a mi partida, junto a las estaciones ya prestablecidas de Pavlodar y Karagandá, ese tercer sitio, es decir Semey, Semey junto al Irtysch. El cónsul había pasado más tiempo que de costumbre sin responder. Solo llegó una pequeña lista de la mujer del cónsul, un par de cosas que me pedía para ella y para su familia: una corona de Adviento, fichas de dominó y un medicamento llamado Uralyt. Al final, el cónsul aprobó mi propuesta, aunque con reservas. En Semey, me escribió, la presentación debía ser sin falta en la Casa Dostoievski, un sitio ideal para nuestro tema: Ciudades en la nada; el título había sido una idea de la traductora. 
Entre las sorpresas del cónsul estuvo que mis presentaciones fueran acompañadas por un kazajo que tocaba el dombra y por su hija de trece años. La cantante, que por su aspecto de muñeca enseguida fue bautizada por la traductora como nuestra pequeña momia resplandeciente, sacaba los tonos de voz desde muy lejos y luego los dilataba hacia el interior. Para esta forma invertida del canto, que giraba en lo profundo de la garganta, se quedaba como petrificada en su lugar, solo las manos se movían por el aire, como si acariciara con cuidado algo que debía tener justo delante de ella. Me parecía completamente fuera de lugar interrumpir con mi propia voz el silencio ensordecedor que se formaba después de las canciones: Brasilia, Nairobi y luego hacia lo esencial, el milagro Astana, la “capital de la estepa”.

Saqué el contador del lavabo otras cuatro, cinco, tal vez diez veces, lo encendí y volví a apagarlo, lo dejé acostado o me lo apreté ansioso contra la oreja, intentando concentrarme. Muy pronto tuve que admitir que el puro esfuerzo no lograría clarificar un poco más la imagen anhelada. Al contrario. El cuchicheo chisporroteante y rechinante ya no me conmovía con la misma fuerza, y al final amenazó con escurrirse del todo. Comprendí que debía tranquilizarme. Investigué con la mayor cautela posible la función de las dos palanquitas más pequeñas en la parte delantera. Ambas hicieron que la cajita callara. La izquierda generaba en su lugar una vibración muda, mientras que la derecha servía al parecer para convertir la señal acústica en una óptica: a la cabeza del contador, de mi pequeño cuentista, como llamaba ahora medio en broma a mi cajita chirriante – solo para seguir tranquilizándome, para conjurar a través del bautismo algo que no podía resultarme del todo inocente en su técnica y en sus efectos – una lamparita roja titiló y empezó a emitir un destello; enseguida froté la cajita, pegajosa por el sudor de mi mano, hasta dejarla reluciente y la escondí en el bolsillo de mi camisa, debajo del pulóver. Ahora quería volver de inmediato a mi compartimiento.

Antes aun de entender el ruido bajito del pestillo, la puerta me pegó en la espalda. Era la mujer enana con la gorra de visera que el cónsul llamó en la mesa nuestra mamá del vagón. Sin decir palabra aludió a su reloj de oro, cuya correa de plata cortaba un fuerte antebrazo, luego de lo cual señaló por sobre su hombro hacia el pasillo. Mientras que yo debí sostenerme una vez más de las paredes de la cabina, la mamá del vagón se mantenía perfectamente imperturbable, solo en sus rodillas tenía lugar un balanceo sutil y casi imperceptible, pero desde allí para arriba los golpes que venían desde el subsuelo parecían desaparecer en su cuerpo sin dejar rastros. Yo debía tener sin duda un aspecto desamparado y enfermizo, pues sin más preámbulos la mamá del vagón me tomó del brazo, me sacó del baño y me puso en el pasillo del coche. No me desagradó que me tocara, enseguida creí sentir cómo su tacto suavizaba la influencia apremiante de la cajita cuentista, de modo que me dejé llevar sin oponer resistencia. 
La mujer era de estatura tan baja que mientras avanzábamos yo podía ver hacia el exterior por sobre su gorra de visera abombada como una mezquita. Al resguardo del terraplén, una mata delgada y de brillo dorado asomaba desde la nieve; delante del sol poniente flotaba un jinete solitario. En el vacío que lo rodeaba parecía haber quedado un poco demasiado grande, aunque al mismo tiempo netamente recortado, como una simulación que hicieran avanzar columpiándola lentamente por la línea entre el cielo y la tierra; aquí nunca se sabe cuán lejos se está mirando, había dicho el cónsul.
En el vagón comedor nos rodeó un vaho de aliento ya usado; olía a queso crema y a fritura. Regreso a casa del hijo perdido tomado del garfio de la mamá del vagón; la traductora llenó nuestros vasos entre sonrisas y explicó que los otros, el cónsul, la pequeña momia resplandeciente y su padre, aunque en principio nos habían esperado, luego se habían despedido y habían vuelto a sus compartimientos; su pelo corto y rubio oxigenado resplandecía, solo la nuca que dejaba a la vista estaba ensombrecida por una pelusa oscura. 
Bebí, me doblé hacia adelante, algo extraño ardió en mi interior: ¡respirar! ¡respirar!, exclamó la traductora, había que simplemente respirar más rápido, jadear por así decirlo, como en un parto, solo entonces se producía en el cuerpo la mezcla correcta. Ella misma demostró cuál era la mejor manera de recuperar el aliento poniéndose de pie, estirándose y llevando sus cejas impávidas bien para arriba. En tanto tragaba y sacaba el aire, sus hombros subían y bajaban, haciendo que su busto se moviera de manera fascinante. Con cuidado me estuve acariciando el pulóver hasta que pude ver parpadear la lamparita roja del cuentista a través de la lana de tejido flojo; por un momento me sentí como si fuera vísperas de Navidad, pero ahora debía irme. Me levanté de golpe, aunque enseguida volví a caer sobre mi banco, pues el pasillo estaba bloqueado.
Un uniformado solicitó nuestros pasaportes, mientras que otro hacía el gesto de que arrancáramos el rollo de la cámara, pero la traductora se rio y me tocó un brazo: me preguntó si yo sabía que la canción de la pequeña momia había tratado sobre el amor a la estepa, que superaba a cualquier otra añoranza de los kazajos. Si sabía que aquí cada muerte exigía su canción mientras aún se estaba con vida, pues cada habitante de la estepa debía ocuparse de su propia elegía fúnebre. Si no lo hacía, no se cantaría nada, todos se quedarían sentados en silencio a los pies del muerto, y entonces el muerto no podría alcanzar la paz, sino que quedaría un poco en deuda para siempre. 
Yo estaba agotado; entretanto les sonreía a todos, pero esa sonrisa costaba fuerza, y era difícil de controlar. Inevitablemente se convertía en algo malo, y antes de que su falsedad se volviera visible, agarré – con demasiada precipitación – la mano de la traductora. 
Avanzamos a tientas de los pasamanos que recorrían las paredes frías y de iluminación opaca. El principio de cada nuevo pasillo se veía angostado por una estufa que servía para calentar los compartimientos, con un samovar al lado. Su caldera estaba integrada a una red de tubos y válvulas de la que emergía sin pausa un vapor grasoso y tornasolado que se expandía arremolinándose por todo el corredor. Temiendo cualquier contacto de algo húmedo, vivo tal vez, que hubiera que sacudirse al instante, mantuve los labios fuertemente apretados, y luego, con un codo delante de la cara, me sumergí en la neblina.
De a poco me fui acostumbrando a la fluctuante oscuridad. Ahora era yo el que marchaba adelante, para darle un empujón a la hoja pesada y medio congelada de la puerta y sostenerla durante el momento en que la traductora, ligeramente agachada, pasaba a través de ella por debajo de mi brazo. Un gesto que se iba desvaneciendo de puerta a puerta y que me convertía inevitablemente en una figura insípida, sobre todo allí donde los pocos pasos a través de los acoples atronadores entre los vagones debían bastarme para volver a ponerme delante de la traductora.
Me tropecé, choqué contra algo en el suelo, dos o tres piernas que de pronto asomaron en el pasillo como árboles caídos. En algunos vagones reinaba una oscuridad tal que podía reconocer sin esfuerzo el parpadeo rojo oscuro de la cajita cuentista bajo mi pulóver.
 
Durante dos tercios del coche me mantuve en la retaguardia, luego empecé a sobrepasar. Por momentos iba avanzando como a grandes saltos involuntarios a través del pasillo, pero pronto me di cuenta de que era necesario andar con pasos más cortos, a fin de que el suelo no se desprendiera del pie y corriera a toda velocidad debajo de mí. Percibía con claridad la mirada de la traductora en la nuca; me sentí comparado, comparado con algún otro, tal vez con toda una serie de otros que estaba a gran distancia, no aquí, en un tren nocturno llamado Turksib, una caravana de vagones de chapa antediluvianos, sobre una vía llamada ruta de la seda, que cruzaba por el medio de la estepa, de Oriente a Occidente, como le gustaba decir al cónsul.
Ya habíamos atravesado unos veinte vagones o más cuando descubrí que su numeración no seguía ninguna regla: el tren debía haber crecido durante el viaje. Pasillo a pasillo se iba ensamblando en un pozo provisorio que parecía llevarnos hacia una forma del tiempo tenaz y más antigua. A través de las ventanillas atornilladas, por muy esforzadamente que yo fijara la vista una y otra vez en su espejo encostrado, en su maraña gris y sucia de escarchas con forma de flor que durante el transcurso del viaje reptaban como un eczema por el borde del vagón, no relucía hacia el interior ni un solo signo, nada con vida. Ninguna luna, ninguna estrella, solo un yo cansado e irreal que miraba siempre hacia adentro y se bamboleaba conmigo a través del túnel: la figura fornida, de hombros anchos, entre los cuales parpadeaba el latido del cuentista, agitado por el vibrar de la ventana hasta convertirlo en un enjambre del tamaño de un puño que brilla rojo oscuro, y a la altura de los ojos una cara que flotaba descolorida y sin expresión reconocible… así traspasábamos nosotros a la traductora. 
La nieve se esparcía sobre las chapas de acero entre los vagones. Por mi piel se difundió un escalofrío que provenía de la espalda y que me envolvió la región occipital como un trapo helado y balsámico, formando un casco maravilloso que se deslizaba agradablemente apenas alzaba un poquito las cejas. 

Nos quedamos indecisos frente a nuestras cabinas; el coche se balanceaba a través de una curva, intenté cruzarme de brazos, a fin de ocultar mejor el parpadeo de la cajita, la traductora retrocedió un paso. 
Dos figuras a medias uniformadas habían aparecido entre el vapor de agua del samovar; por un momento se quedaron quietas, luego avanzaron lentamente por el pasillo. Era evidente que esperaban ser reconocidas y que aprobáramos su acercamiento. El hombre de atrás, más pequeño, iba empujando delante de sí al más grande, que aún parecía resistirse y que con una reverencia a medias y exclamando con cautela ¡Salam aleikum! buscaba disculparse ya a la distancia por la molestia. Intenté no sonreír; pensé en escapar de un salto a mi compartimiento, pero ahora ambos se acercaban a mayor velocidad. En el primer hombre reconocí al fogonero y en el otro al guarda de nuestro vagón; su rostro lleno de expectativa asomaba de manera esporádica a izquierda o derecha del cuerpo grande del fogonero, aunque la mayor parte del tiempo permanecía oculto detrás.
El fogonero me señaló con cautela: ¿Nemetzki? Antes de que pudiera contestar, golpeó los tacones de sus botas, mantuvo los brazos en ángulo, el mentón algo alzado, y su rostro infantil se volvió reservado y severo. Intenté una risa pequeña que nos excusara a todos. Le pedí a la traductora que le explicara al fogonero, que nos sacaba una cabeza, que no debía saludarme de esa forma, que yo mismo, si quería saberlo con precisión, solo ocupaba el rango de un cabo de reserva, reserva de un ejército popular que hacía tiempo había sucumbido, un rango de servicio que con seguridad debía estar por debajo del de un fogonero del célebre Turksib, y al decir esto toqué con dos dedos el sucio galón plateado que colgaba medio suelto de la chaqueta de su uniforme azul.
Mientras yo hablaba, el fogonero había puesto sus labios en punta; sus ojos, finamente bordeados de hollín, se fijaron en mi boca, pero la traducción ya no le llegó. Primero como si echara nuevo carbón en su ténder, luego con una voz que escarbaba laboriosamente desde las profundidades, estirando en exceso las vocales y sin distender en lo más mínimo su tensa postura, empezó a recitar el poema de Heinrich Heine:
Yyo no see, quéslo que sinifica,
questé tann entrriste cido
uncuuen to detiemposs anticuo…
Algo se atascó y quedó paralizado en su pecho. Solo sus labios resquebrajados permanecieron en silencioso movimiento, su boca dura y angosta se abría y cerraba sin parar, lista para darle forma a lo que faltaba, no bien se decidiera a salir hacia el exterior. Pero por mucho que el hombre se siguiera estirando, dejando ver su flaco cuello, poniéndose en puntas de pie y elevando aún más su mentón por sobre nosotros hacia la lámpara nocturna azul en el techo abovedado del vagón, como si bastara con llegar allí arriba, la rima alemana para “tann entrriste cido” no quería llegar a su lengua. 
Se estremeció su rostro tenso, reluciendo como inventado bajo el brillo de la lámpara, y los labios que no lograban cerrarse dejaron al desnudo una fila relucientemente blanca de dientes sobresalidos: “uncuuen to detiemposs anticuo…”, el fogonero repitió el verso entre gemidos, una y otra vez, como bajo un peso demasiado grande. La traductora me rozó el brazo, preocupada, pero yo le señalé al fogonero, convencido de que en todo caso era lo adecuado, y no solo una cuestión de buenos modales o de tacto, que el hombre conservara la oportunidad de terminar por sí mismo lo que había empezado.
Pero en la tensión que crecía rápidamente hasta penetrar bajo la piel, proveniente de lo que faltaba, de lo que se extrañaba con todo el ímpetu, también mi propia boca había entrado en movimiento; sin sonido pronuncié el verso buscado hacia el espacio que mediaba entre los dos, una y otra vez, directo al pecho del hombre petrificado a un palmo de mí, como si pudiera insertárselo allí mediante mi muda repetición. Aún sin darme cuenta, había adoptado la postura estirada del fogonero, de modo que al poco tiempo quedamos enfrentados como dos portadores de un rango menor obligados a rendir honores militares a un superior – así pude formularlo al menos más tarde – que han quedado fuera del tiempo en medio de su saludo.
Por un rato de respiración honda y pesada permanecimos atrapados en una especie de canto de los peces que ondulaba entre el fogonero y yo, entre mi orilla y la de él, sin nunca hacer tierra en ningún sitio; la traductora volvió a tomarme otra vez del brazo, ahora con mayor ímpetu, y por fin entendí: esta era la canción de él. La más característica, almacenada en su memoria; aquella que luego de aprenderla al vuelo alguna vez, no importaba de dónde, el fogonero la había elegido como su elegía personal y póstuma: ¿cómo interpretar si no la severidad implacable y casi desesperada de su actuación, que no cedía ni en medio de su parálisis? 
“En mi mente quedó retenido”, casi que lo grité a través del pasillo del coche cama que avanzaba tronando: una liberación, un toque de diana cuya vehemencia de trombón me asustó a mí mismo. Al instante me encontré en brazos del fogonero. Con fuerza me levantó un poco hacia él, mientras que, como si se hubiera obtenido la victoria decisiva, repetía una y otra vez el verso: “Ennmi mentee queretenidoo”. Luego me separó de un empujón, pero solo para enseguida volver a atraparme y apretarme contra su otra mejilla.
El guarda, que había permanecido a espaldas del fogonero, aplaudía triunfante con las manos y se reía, mientras que yo intentaba sustraer mi cuerpo al agradecimiento, con cuidado, a fin de no herir la solemnidad del momento. Sonreí y, venciendo un ataque de náusea, le respondí al fogonero elogiándole su pronunciación del idioma; también elogié la estepa, el Turksib, la ruta de la seda y las vías de seda, al país y el agujero para el humo en las yurtas, que estaba, como había aprendido, en medio del escudo, es decir de la estufa, en el centro, el fogonero… La traductora, que se había quedado atenta a mi lado, formaba frases a partir de mi tartamudeo, frases que parecían estar constituidas por un único sonido gutural con a, un largo rrhaaarrhaaarrhaaa, que le gritaba al fogonero en simultáneo al oído, pero así y todo los abrazos no se terminaban nunca.
Rítmicamente me oprimía la nariz a la izquierda o a la derecha por encima o por debajo de los galones plateados que colgaban sueltos de sus hombros; en mi cuello podía sentir el mentón cálido y sin afeitar del fogonero, a lo que se añadían sus labios y la humedad murmurante en los oídos y en las mejillas, acompañados por un oscuro sonido oclusivo que remataba en un breve y contenido sollozo: “Ennmi mentee queretenidoo”; me sobrevino un temblor. La taquicardia me estrechó el pecho. Pero bastó un momento para darme cuenta de que los abrazos del fogonero habían encendido al cuentista, que por eso se había puesto a vibrar. Cerré los ojos, vi a una pareja meciéndose lentamente por el pasillo demasiado angosto del vagón… Pero ahora ya era demasiado tarde. 
Me había invadido una irritación desmesurada, incluso un odio, como he de admitir, que pareció correr de inmediato hacia mis puños. Ya veía mi mano derecha subiendo desde abajo, la vi como en una representación gráfica o en un trauma… El brazo preparado para el golpe se lanza recto hacia adelante, el dorso de la mano y el antebrazo forman una línea… volaba hacia el rostro que relucía azulado, directo a la boca habladora del fogonero, en medio del próximo e inevitable “Ennmi mentee queretenidoo” que ya subía por su garganta, destrozando el verso, sin preavisos, sin rodeos, escindiéndolo para siempre. 
En pánico, me traje a colación a la memoria términos como “encuentro”, “religiones”, “país anfitrión”, “libertador”, “Baikonur” y “Amur”, y al instante, como si en mi búsqueda sin rumbo hubiera dado efectivamente con la palabra mágica, se me hizo manifiesto algo familiar: en el olor ácido del uniforme del fogonero, que corroía mis mucosas nasales, a partir de los ingredientes de ese vaho que cortaba el aliento, emergió el viejo casino soviético. Olí la grasa de las armas y el linóleo bajo la rodilla, olí la venda de trapo sobre los ojos, el mejor tiempo, la competencia, el ¡pluma! ¡palo! ¡émbolo! ¡cilindro!, el peso significativo de cada una de las partes en la mano y el taburete delante del pecho… 
Por muy absurda que parezca hasta el día de hoy la creencia de un pasado en común, me apaciguó: ¿no sería posible, pensé, que este fogonero, que tal vez había sido en algún momento un hermano de armas, buscara desde hacía mucho, demasiado tiempo, y acaso con tanta desesperación como yo, poner fin a nuestro encuentro, y que simplemente no lo estuviese consiguiendo? Y si era así, ¿no corría entonces por mi cuenta? ¿No estaría él pidiendo un signo, un gesto? ¿No era probable que existiese una ley, un ritual específico, anclado desde tiempos inmemoriales en la cultura del fogonero, extraño pero indispensable? Una vez más, atrapado ya por la esterilidad, intenté ganar un poco de tiempo. Qué poco preparado estaba sin embargo cuando de repente el fogonero me liberó de sus tentáculos con un “Ennmi mentee queretenidoo” ya agotado y profundamente gimiente y, seguro que por el apuro de tener que encontrarle él solo un final, me dio un beso en el medio de la boca.
Después todo sucedió muy rápido. Un estallido sordo, y por un momento quedé flotando, con el fogonero como único sostén, en el aire del pasillo… ¡Respirar! ¡Respirar!, oí las exclamaciones, pero como desde lejos, luego regresó la calma y la oscuridad. 

Hasta hoy me parece un milagro que nadie se haya lastimado en serio. El súbito golpe, un violento encorvamiento bajo los pies, nos había lanzado contra la pared trasera del pasillo y finalmente al suelo. Por eso es que el fogonero, por mucho que lo haya querido, no había estado en condiciones de darle fin a su beso con la debida premura. Al contrario. Sus dientes se habían clavado firmemente entre mis labios, y en la vergonzante impotencia que ahora compartíamos con el fogonero se pudo percibir con claridad cómo se metía dentro de mí un aluvión de su aliento cálido y carbonífero, que en mi desorientación y avasallamiento yo seguí tragando, regurgitando y tragando. 
Cuando el Turksib nos liberó al fin de su poder, me saqué de encima, casi desquiciado, el cuerpo tieso del fogonero, con demasiada fuerza tal vez, pues se precipitó contra la puerta de uno de los compartimientos con camas. Semejante a una muy conocida alucinación, emergió de allí el que tocaba el dombra, apenas vestido, y se quedó como enmarcado en la entrada de su cabina, ante la cual el fogonero yacía cuan largo era sobre el suelo. Como el guarda permaneció en completo silencio, el dombrista empezó enseguida a gritarle. Yo tragaba, intentaba respirar, un par de lágrimas me corrían por las mejillas. 
Borrosamente, a través de la puerta entreabierta del compartimiento, vi acostada a nuestra pequeña y resplandeciente momia. Había dejado expuesto al lado de la frazada un pedazo de su pierna izquierda, que mantenía doblada. En principio, la pierna se mostró parejamente iluminada, casi blanca, como un trozo de papel que reflejaba la poca luz que se metía en el compartimiento proveniente del pasillo; pero luego, bien en su extremo inferior, apenas por sobre la sábana, el blanco remataba, como si estuviera finamente rayado, en un borde oscuro.
En ese borde apareció la cara de la traductora. Se arrodilló ahora a mi lado, lentamente colocó un brazo bajo mi cabeza, mientras no dejaba de traducir: los así llamados bancos de seda… setenta años, jamás soldados… cubiertos, el hielo… hay peores, es decir… pide disculpas por el fogonero… Asombrado y con ojos bien abiertos me eché hacia atrás, algo fresco corrió sobre mi cuerpo, un oleaje blando y claro.
Muy por encima de mí, a una extraña altura, vi al guarda, hablaba con rabia a espaldas de la traductora, a la vez que blandía un puño en dirección al final del pasillo, donde se hallaba la estufa, aunque el fogonero se encontraba ahora justo a su lado, impotente, con la frente ardiendo y aún abandonado a los ataques del dombrista semidesnudo; cerré los ojos, tenía arcadas, pero de forma inevitable se filtraba dentro de mí la sensación de una pérdida inconcebible. Justo en invierno, justo con esta temperatura, menos treinta… cuarenta… cincuenta… El guarda se iba enardeciendo, a la traductora le costaba seguirlo, y traducía todo muy a consciencia para mí abajo. Yo la miraba hacia arriba, solo hacia arriba, tragaba, asombrado, pues ahora me parecía bella y conocida, un rostro que yo anhelaba, pensé, que acaso había anhelado desde siempre. Me palpó con cuidado la frente, luego el pecho, y solo bajo la mano preocupada de la traductora percibí que el cuentista se había quedado mudo.
Me levanté mareado y di un paso, pero antes de que pudiera ayudar a evitar finalmente la injusticia de la que estaba siendo víctima el fogonero, el dombrista se metió de un salto en su cabina con un movimiento como de kung fu. Al darme vuelta – cada una de mis acciones había sufrido un raro enlentecimiento – también el conductor y el fogonero habían desaparecido casi por completo; sin saludar y apurados se dirigían, muy juntos el uno al otro, a través del pasillo sumido en la neblina, hasta disolverse en el vapor del samovar. 
Los camastros en el compartimiento eran angostos, y yo me comporté con torpeza. Me costaba tranquilizarme; tenía en la boca el sabor del fogonero, lo veía levantar la tapa y arrojar sin pausa carbón en su estufa; tragaba, respiraba rápido y profundo, pero algo quedaba, algo que seguía ardiendo, que no se dejaba engullir, nunca más, como se me cruzó insensatamente por la cabeza. Luego sentí la mano de la traductora sobre mi hombro, con gesto apaciguador me empujaba desde su camastro. Ella misma estaba ahora arrodillada allí, apartándose de mí y con una mejilla apoyada contra el tapizado de la pared trasera. Me aproximé despacio, y mientras que ella absorbía en su cuerpo las vibraciones delicadas y regulares del vagón y dejaba que hicieran su parte el ligero balanceo y el temblor del Turksib, así como también sus golpes más fuertes e irregulares, para los que yo me sostenía de sus caderas, descubrí en la rendija entre las cortinas, delante de la ventana del compartimiento, una marea de puntos de color rojo oscuro, pero que solo eran una cola de ascuas que envolvía al vagón. 

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